Mi primera máquina de escribir, por Jon Lee Anderson

En el azaroso modo en que ocurren las cosas, Maxine Kumin fue una de mis primeras mentoras. Era el verano de 1970 y yo tenía 13 años. Mi madre, Joy Anderson, escritora de libros infantiles, pasaba parte del verano, como venía haciéndolo desde hacía varios años, en la Conferencia para Escritores de Breadloaf, en Vermont. Me había invitado a pasar una semana con ella.

Yo era nuevo en los Estados Unidos. Habíamos vivido en el exterior, especialmente en Asia, desde que yo era poco mayor que un bebé hasta un año antes. No lo pasaba muy bien en los Estados Unidos. En la escuela a la que había ido el año anterior, en un suburbio de Washington, D.C, en Virginia, algunos de los otros chicos me llamaban peyorativamente “the White Chink” (“el chino blanco”) por mis maneras formales y mi despistamiento general. Empezó cuando unos chicos se enteraron de que yo nunca había escuchado términos como cocksucker y dickhead. Me peleaba mucho. Las vacaciones de verano eran un respiro bienvenido a unos Estados Unidos que, para mí, eran un ambiente desconcertante y hostil. Mi madre me había alentado a escribir desde que era muy joven, y eso había hecho, celosamente, componiendo poesía adolescente en mis momentos libres.

Maxine Kumin era miembro del personal del Breadloaf. Mi madre la apreciaba mucho, admiraba su poesía y se había hecho amiga de ella. Tenían la misma edad, pero a mí me parecía que a mi madre Maxine Kumin le parecía más madura y más inteligente. Cuando me la presentó, también yo me sentí impresionado. Mi madre me dio a leer algunos poemas de Maxine Kumin. Eran contemplaciones sobre la naturaleza, y sentí que los entendía. Me gustaron la simple y evocativa pureza de sus descripciones, y el ritmo de su lenguaje tenía una calidad reconfortante y permanente.

Un día, los tres salimos a recoger hongos en el bosque. Dimos vueltas durante horas, llenando canastas con los tesoros que encontrábamos. No me interesaban tanto los hongos, pero me sentía en trance en ese mundo natural. Con la esperanza de ver un ciervo, un oso, o un glotón, mantuve una mirada atenta a las líneas de los árboles y los bordes de las praderas. Ninguno de los tres hablaba mucho; era un silencio meditativo, y, salvo por nuestros pies aplastando hojas y quebrando ramitas, lo viví en estado de éxtasis.

Cargué la canasta de Maxine Kumin. Ocasionalmente hablaba, dándome los nombres de las plantas y los árboles que conocía. Sentí un profundo respeto por su conocimiento de semejantes cosas, su tranquila sabiduría, su dominio del lenguaje. Más tarde, cuando salíamos del bosque, me dijo que sabía por mi madre que también yo escribía, y me preguntó sobre qué me gustaba escribir. No recuerdo qué le contesté: por entonces escribía muy poco aparte de los ocasionales poemas, y llevaba, a veces, un diario. Recuerdo que le dije que, hacia el final de ese verano, me iría a Africa. Con el visto bueno de mis padres iba a irme de Virginia, que tanto me desagradaba. Pasaría el siguiente año escolar en Liberia. Viviría con el hermano de mi madre, el tío Warren, un geólogo que vivía allá con mi tía Doris. Estaba muy entusiasmado con la perspectiva de esta aventura. Le dije a Maxine Kumin que pensaba viajar mucho por zonas remotas de Africa y escribir sobre ello.

Maxine Kumin me preguntó si tenía una máquina de escribir propia. No, confesé. Cada vez que puedo, le dije, uso la de mi madre, pero por lo general escribo a mano. Me alentó a aprender a tipear bien y recomendó que tratara de conseguir una Olivetti Lettera 32. Era la mejor máquina de escribir portátil del mundo, me dijo, y sería perfecta para alguien como yo. La escuché con cuidado, memorizando el nombre de la máquina. Me sentía profundamente entusiasmado. Era como si Maxine Kumin me hubiera confiado un secreto sagrado. Le prometí que ahorraría para hacer exactamente lo que recomendaba.

Desde ese día, soñé con tener la máquina de la que me había hablado. Asociaba su adquisición con la posibilidad de un día escribir bien, como ella.

Resultó que tenía veinte años cuando finalmente compré mi Olivetti Lettera 32  en un negocio que vendía cámaras y objetos varios en el bajo Manhattan. Era laminada, de color verde pálido con teclas negras, y tenía su propio estuche en un verde pálido que combinaba, con una ancha raya negra en el medio. Me costó treinta y cinco dólares, que en ese momento me parecía un montón de dinero.

Cuando me senté enfrente de lo que, para mí, era un aparato imbuido de poderes mágicos, sentí una enorme emoción, y lo primero que escribí con él fue un poema.

 

Cantando a la vida

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